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miércoles, 12 de junio de 2013

Era una tarde de invierano.
El verano se resistía a llegar. Los rayos de sol regalaban calidez con su roce, pero a medida que caía la tarde, el aire frío que corría se encargaba de arrebatarte todo atisbo de calor, obligándote a arrebujarte en tu chaqueta.

Una azotea con pufs, con un escenario y unos cuantos "vips" repartidos por el lugar, pero no me importaban, ni eran más especiales que quien se sentada a mi vera. Una oportunidad única y exclusiva traída en bandeja de plata y servida con reverencias.
Una hora en otra parte del mundo. En una parte en la que las preocupaciones, problemas y desgracias no pueden alcanzarte. Una hora evadida a la negrura. Una hora queriendo buscar tus manos y tus labios, ocupados con una cámara y concentración respectivamente, y conteniéndose.

Una canción de amor en nuestra lengua nativa que suena a foránea en labios de una extranjera. Una cadencia líquida como la melaza. Una música que nos acoge en su seno y hace latir al unísono los corazones. Se desliza suavemente entre melodías y compases y yo me deslizo entre ellos buscándote desesperadamente. Necesito encontrar tus labios para desfogar mi corazón de tan grande es lo que siento. No cuido ya de miradas ajenas, pues en ese preciso instante necesito rozar tus labios, necesito que sepas que, pese a ser una de tantas canciones que desconozco, me ha llegado al corazón. Mejor dicho, que me has llegado al corazón.

Necesito ese instante para tenerlo grabado a fuego en mi memoria. Para que sea mi consuelo en mis momentos flacos. Para que sepas cuantísimo te quiero. Para tenerlo, siempre que pierda el norte, como brújula.
Encuentro tus labios de soslayo, tu frente apoyada en mi cuello y en ese preciso momento, noto que hemos escapado a la vida. Porque aquí no nos alcanza.



viernes, 15 de febrero de 2013

Lupo

Llevaba días caminando. Sus pisadas ni iban ni venían de ningún lado. Eran tan sólo una sucesión de infinitas marcas personales que serían borradas con la caída de un nuevo manto blanco. El silencio era sobrecogedor. La nieve que recubría ese inhóspito desierto de hielo actuaba como un agujero negro, absorbiendo todo sonido de vegetación o vida y redoblando la sensación de muerte.
    No perseguía un fin concreto atravesando el desierto de hielo. Era un viejo elefante que se apartaba de su mundo para abandonar el mundo de la misma manera en que entró en él: solo. Sus pies marcaban el rumbo con cansancio, esperando el momento en que uno fallara y ya no pudiera volver a levantar. Y quedara yaciendo sobre la nieve como una mancha de su inmaculada blancura.
   
    Su aliento se congelaba en sus pestañas, empeñado en hacerle abandonar el mundo tal y como a él vino: ciego, el frío rigidificaba sus articulaciones y cada vez más, el calor abandonaba su cuerpo.                     Cayó pesadamente en la nieve con un ruido sordo que nada ni nadie oyó salvo los pinos y abetos circundantes. Su cabeza reposaba en la nieve, exenta de todo dolor o cansancio físico. Esperaba imperturbable que la muerte, como buena dama que era, le diera un último abrazo amoroso antes de llevárselo acunándolo en sus brazos guadaña en ristre.

    Entonces lo vio acercarse desde su inmutabilidad. Se acercaba lentamente, con la cruz moviéndose al ritmo de sus pasos. Era el rey de aquel paraje. Con las orejas en ristre y el porte orgulloso hacía su entrada triunfal. Restos de sangre cubrían su hocico y cuello, un olor penetrante emanaba de él, tanto más intenso cuanto más cercano estaba.
    La nieve empezaba a cubrir sus piernas con una capa de hielo fina como el azúcar glaseado. Su cerebro observaba con curiosidad lo que podría ser su causa de la muerte mientras su instinto de conservación mandaba señales de alerta roja para que se pusiera en movimiento.
   Finalmente, ahí estaba. El aliento pestilente le golpeaba las fosas nasales y la cara como una racha de viento cálido y pútrido. Su mirada le estudiaba con cautela, unos ojos ambarinos que se clavaban en sus pupilas como dagas. El pelaje era pardo y grisáceo, tupido y lustroso como recién engrasado. Sus patas eran dignas de un oso y pisaban su capa con arrogancia. Su vida dependía de sus colmillos y garras y de cuanto hubiera pasado el gigantesco lobo sin catar una presa fresca, una presa con sangre aún corriendo por las venas cuando eran devoradas.
    Sintió las oleadas de aliento que exhalaba el hocico del animal mientras olfateaba su cuerpo y le invadió una sensación a medio camino entre la tranquilidad de saber que iba a morir de cualquier manera y la desazón, por no saber si llegaría a tener que sentir el desmembramiento o no. Cerró los ojos cuando sintió el aliento en el cuello. Se aproximaba su fin. Su corazón empezó a latir con violencia y todo su cuerpo se puso en tensión sin que pudiera evitarlo, aguardando lo inevitable.

    Sin embargo, su cuerpo fue lo suficientemente clemente para detener su corazón súbitamente y no dejarle apenas sentir como la bocaza del lobo, con sus imponentes colmillos, se abría y los dejaba relucir sobre la nieve antes de hundirse como agujas de hielo en su yugular. La vida se le escapó a borbotones dejando tan sólo su capa y una gigantesca mancha roja en su lugar. Vino solo a este mundo, vivió como un lobo solitario y ahora, un lobo solitario se cobraba su vida, como él se había cobrado otras tantas en el transcurrir de su vida.

Lupo era su nombre, y siempre había carecido de destino.

 

martes, 2 de octubre de 2012

Hoy se ha levantado con ganas de tocar, con ganas de hacer brotar música celestial de su instrumento favorito: la mujer con la que se levanta cada mañana. Se aproxima a ella con la cautela de un músico experimentado que sabe que un desafine le sucede al más pintado y posa sus palmas en sus hombros, acariciando músculos y tendones para atemperar su peculiar viola. Y entonces sus manos son poseídas por el frenesí musical, sus dedos se tornan arcos de inverosímil precisión capaces de arrancar la más intrincada filigrana de notas,
Suavemente rasguea su cuello, el surco entre sus pechos, sus caderas y su pubis, consiguiendo una bella melodía armonizada con la percusión de sus corazones y el viento de sus respiraciones que, mezclada con los dos lenguajes más universales unidos, componía la más bella sinfonía componible: la del amor.
La almohada acogió los silenciosos estruendos del fin del primer acto mientras ella, exhausta, sonreía como el director satisfecho que ha dirigido a la orquesta perfecta.



martes, 12 de junio de 2012

Minirrelato

Olvidé firmar la carta.
Tenía tantas cosas que decirte que olvidé firmar la carta. Aunque fuese anónimo, cada palabra, cada coma, cada tilde tenían impronta mía. Era yo desde las profundidades de mi interior tratando de exorcizar lo que sentía en unos cuantos caracteres tipográficos. Tenía la esperanza de que mis palabras resonaran en tu interior, y en esas reverberaciones, encontraras tu corazón no muy discordante de los anhelos del mío.
Hube de reunir todo mi valor para escribirla, al fin y al cabo, imprimir un folio con la asepsia de las máquinas era fácil, y si no salía bien la jugada podría replegarme en la cobardía de decir que «sería una broma de un graciosete». Pero elegí ser valiente e ir con mi corazón por bandera.
Joder, que imbécil fui. Te distanciaste de tal manera que parecías haberte ido al planeta de al lado, me evitabas y eras esquiva con tus gestos y miradas como si tuvieras miedo a verte en mí reflejada. Miedo a lo que podrías ver. No lloré tu distanciamiento pero sí lo que te eché de menos, hasta que me llamaste aquella tarde de sábado.
Me extrañó verte tan alterada, con la raya corrida cual antifaz de bandolero y hombros bajos. Me alegró ver que habías acudido a mí, que seguía siendo tu persona de confianza pese a la carta.
Te abrí la puerta, te senté en mi sofá y te traje un té —English Breakfast con leche y sin azúcar, como sabía que te gustaba— y pregunté qué pasaba. Entre llantinas me contabas que habías tenido una mega-discusión con tu follamigo por mí, porque repentinamente cayó en la cuenta de lo que él había conseguido: alejarla de mí por celos, por despecho de saber que jamás sería él el elegido para caminar a su lado.
Estás llorosa y temblona, te quito la taza de las manos, que apenas has tocado, y hago que te reclines en mi pecho y acaricio tu pelo sedoso mientras espero a que se cierre el grifo de lágrimas e ira. «Tssss, ya pasó, ya pasó… Estoy aquí, siempre y a cualquier hora. Siempre seré alguien en quien puedes confiar sin reservas, no llores. Por favor».
Supongo que la frecuencia de mis palabras rompió tu barrera del sonido interna, algo hizo “clinc” en tu interior dejándote quieta como una fotografía, y noté como te revolvías hasta que estabas incorporada, nuestros ojos al mismo nivel.
Y me viste por primera vez en cuatro meses, viéndome en el silencio de la intimidad. Y como si fuese de cristal de bohemia posaste tus manos de mariposa en mis pómulos. Nos veíamos, no nos mirábamos y entonces viste mis labios en el braille de los amantes.


lunes, 17 de octubre de 2011

Cenas ajenas.

Decenas de ventanas iluminadas relumbran en la noche, aquí y allá se observan los rayos de luz azul de las modernísimas televisiones de plasma que presiden los comedores y cocinas.
Sólo prestan atención a la 'caja tonta', que es lo único que les une junto al plato en la mesa. Presiden los comedores y salones, y el silencio flota como una niebla gris en el ambiente.
¿Cómo descifrar el morse de sus televisiones?, ¿cómo saber que interpretan?, ¿cómo romper su 'intimidad' que no es sino incomunicación?...
De repente una niña se gira, sale de ese mundo de color y luz por un momento y reluce un efímero instante antes de ser atrapada de nuevo en sus redes plásmicas y marchitarse.

Brilla el morse en medio de la niebla gris.

jueves, 6 de octubre de 2011

Le mira sonriente a sus enormes e inocentes ojos marrones, y ve la travesura y ternura transformarse en lujuria en su interior. Todo su amor y cariño tornan en un ansia de fundirse con ella, de sentirse uno solo por un rato, rato en el que olvidarán que son almas separadas.

Se besan con ardor y dulzura y, mientras, sus ropas empiezan a vestir el suelo de la habitación, abandonadas a su suerte hasta que sean recogidas (o no). Pero no sólo la ropa, también visten el suelo sus dudas, sus inseguridades, sus miedos, su estrés, sus horarios, sus obligaciones... Hasta que quedan frente a frente de verdad, sin manto ni máscara que les cubra; tan solo ellas.
 Tan candorosas como la piel que recubre sus ardientes entrañas.

En ese rato serán dos personas 'al descubierto', que se entregarán la una a la otra en pureza de alma y pura vulnerabilidad.
                               
                                 Simple encarnación de un sentimiento.



                               Sentimiento que tiene alma y cuerpo que aman.



jueves, 16 de junio de 2011

El verano había dado los primeros tímidos pasos, pero eran las 2 de la mañana y hacía frío. Un frío del que penetra en tus huesos y te congela el alma.
Resuenan voces en la calle, dos chicas hablan creyéndose solas y teniendo a la pálida y reluciente luna como espía que alumbra sus rostros.
Yo soy una acechadora que huye el claro de luna amparada en las sombras y con la única luz en el resplandor anaranjado de la brasa del cigarro.
Sus voces no son sino murmullos borrados por el viento y el tema de conversación, indistinguible. Pero es irrelevante, hay química entre ellas. El deseo de romper la 'distancia de seguridad' y como se manifiesta en sus gestos cómplices. Un baile de equilibristas entre el deseo y el miedo, dos funambulistas que ignoran si hay red.
Y una voluntad espía que concentra su energía en romper el halo de miedo que les envuelve.