martes, 12 de marzo de 2013
lunes, 11 de marzo de 2013
11 de marzo de 2004
Hoy es 11 de marzo.
Nueve años después seguimos sin saber qué mano negra accionó el detonador
que llamaría a la muerte para segar más de dos centenares de vidas. Doscientas
vidas arrancadas con violencia, grabando un mensaje de miedo en cada extremidad
que quedó huérfana por amputación en el suelo. Un mensaje de odio y violencia
que aún hoy rechina en la estación de Atocha y El Pozo cuando el tren pasa.
Un mensaje de odio y violencia injustificados, dirigido contra las abejas y
no contra las abejas reina. Unas mochilas que cargaban con odio en vez de con
cultura que lo mitigase. Unas mochilas que se llevaron por delante no solo a
los pasajeros, sino a todas las familias y allegados también. Ese día no
murieron doscientas personas. Murieron dos mil o tres mil contando con los que viven
muertos aún hoy día.
Pero ese día también renacieron otros cientos o miles. Ese día renacieron
todas los que llegaban tarde y perdieron ese tren que les convenía. Los que se
tiraron el café del desayuno encima por andar adormilados, a los que se les
olvidó algo y tuvieron que volver a por ello, a los que su mascota ese día les
hizo pis en la alfombra o jugó con los mandos del garaje hasta que les agotó
las pilas y no pudieron sacar el coche sin invertir el doble de tiempo.
Toda esa gente renació porque llegaron tarde y nunca llegaron. Parte de
ellos viajaba con los pasajeros que estallaron en pedazos con el tren. Parte de
ellos sentía que habían hecho un quiebro a la muerte. Habían ganado la lotería de la vida.
Ese 11 de marzo todo un país quedó a la escucha de la onda expansiva de terror. La ciudad de Madrid ofreció su carne y su sangre con voluntarios trabajando a base de sangre, sudor y lágrimas. Con carne que no volvería a ser la misma aunque ellos fueran vivos entre los muertos. Ofreció su sangre con donaciones de sangre.
Un esfuerzo demente por reparar lo irreparable.
Aún hoy solo queda una pregunta flotando como el fantasma de todos los ausentes. Una pregunta que recorre los andenes como un viento cálido y hace mirar con resquemor cualquier objeto perdido. Una pregunta que ha marcado una generación, una generación que ese fatídico día se olvidó de respirar mientras retransmitían a personas de mirada vidriosa y heridas múltiples, sentados, llorando, al lado de mantas reflectantes de las que asomaba un pie descalzo.
Mientras retransmitían el dolor de una sola pregunta: ¿por qué?.
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