Entonces, la realidad me golpeó como un mazazo. No iba a volver. No iba a
estar conmigo nunca más ni criaríamos a nuestro hijo juntas. No
volvería a encontrar el amor de mi vida, porque este ya había tenido
lugar. Me abracé a ti una última vez, ciega de dolor y de lágrimas, tal y
como estabas cuando te encontraron. Te habían limpiado la sangre seca,
pero ahí acababa todo. Así debía ser. El mundo debía ser testigo del
horror del odio contra un ser humano. De la muerte por el mero hecho de
ser algo.
Cientos
de desconocidos venían, presentaban sus respetos al salvajemente
desfigurado cuerpo del amor de mi vida, con el rostro desencajado tras la
primera mirada. Me ofrecían sus condolencias y me estrechaban la mano
antes de retirarse discretamente. Esas personas habían ido hasta allí
sólo para darme un mensaje de esperanza, de compañía, de solidaridad.
Que no estaba sola, ni era la única. Que lucharían por todos los medios
para que se encontrara a esos putos desgraciados y se hiciera justicia.
Me hablaban de dolor y de intolerancia, de odio y de fe, de horror y de
miedo, y yo sólo podía preguntarme por qué. Por qué alguien podía matar
de una manera tan horrible por odiar. Cómo podía haber muerto por
acostarse conmigo. Cómo. Cómo, en pleno primer mundo, se le podía
arrebatar la vida a alguien solo por no ser heterosexual. Yo sólo quería
que fuera feliz. Conmigo. Y ahora eso ya no iba a ser posible.
Cerraron
el ataúd con un golpe seco que retumbó en los comedores de todos los
televidentes que seguían la retransmisión. Horror en primer plano, tan
cercano a ellos como el súper de su casa. Horror para hacerles
reaccionar. Mientras, mis lágrimas seguían cayendo como un suave
chirimiri.
Primer
puñado de tierra: «Polvo seremos, amor mío (..sniifff..); más polvo enamorado».
Segundo puñado: «Mami...». Tercer puñado: «Mamá, te amamos y no te
olvidaremos». Cuarto puñado: «…».
Todo
era irreal. No podía estar pasando. Sencillamente no podía. Esas flores
eran demasiado brillantes, la tierra era demasiado fina para ser real, el ataúd de roble estaba rodeado de demasiadas flores. Mi amor verdadero no podía estar enterrado ahí. No era real.
Intentaba caminar sin tambalearme, pero el dolor era demasiado grande
para permitírmelo. Intentaba que mis piernas, único sustento en el mundo, siguieran sustentándome, pero mis cimientos estaban comidos por el mar de mis lágrimas. Intentaba tenerme en pie.
Hasta que desaparecí.
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Es una historia que perfectamente puede ser real en este mundo tan cruel, solo espero que no sea de ningún allegado o te afecte directamente de algún modo.
ResponderEliminarNo sé lo que se siente que te arrebaten a tu ser querido de esa forma y por ese motivo.
No tengo palabras.
Gracias por la empatía hacia mi historia y por pasarte. Supongo que lo que escribo no es sino una divagación tratando quizá de aventurarlo.
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