Más de uno me estará ya asaltando con "eh, eso es un eslogan"; sí, pero un mundano eslogan me ha hecho reflexionar sobre eso, "el sabor de las emociones", porque toda emoción lleva inherente en cierta medida un sabor. Un sabor que asociamos a una emoción...
¿La felicidad a qué sabe? Sabe a besos fugaces, a besos a hurtadillas, furtivos, a mentirijillas piadosas para robar un rato más que poder pasar con él/ella. A sol por la ventana una mañana de verano, a una horchata a la fresca vespertina; a risas volátiles en el aire del atardecer entremezcladas con cervezas y charlas de lo divino y lo humano.
Sabe a ozono en esos días en los que diluvia y no asomas un pie de la cama; a café volcánico que resucita a un muerto; al calor de una estancia harto conocida y habitada; a interminables reuniones familiares que sabes que si no se hiciesen las echarías de menos.
Sabe a momentos en los que las circunstancias te desbordan y anegan tus ojos, a reencuentros con viejos amigos, a amores veraniegos forjados bajo fluorescentes, a voces que se diluyen en albas...
La ira sabe ferrosa en la boca, a adrenalina en la sangre de tus sienes, a nicotina en esquinas para paliarla, a menta que rumiamos con rabia, a salinidad de la impotencia, a la amargura de las palabras de las que nos arrepentimos y todo aquello que nos hace enfurecer y sumirnos en una neblina roja.
Creo que prefiero el primer sabor...